Antes, hace unos años, empacar era igual de sencillo que desempacar.
Pero pasa que te estableces. Que pintas las paredes de tu casa, acomodas botellas de vino vacías en la ventana de la cocina, compras las llaves del lavabo, pones cuadros en el baño, combinas las cortinas con el tapete de la sala y eliges un lugar para colgar el llavero... y entonces todo se vuelve más difícil.
Y por si fuera poco, pasa que llega el hombre que te hace poner flores en la mesa, que te llena las mañanas, que logra que aprendas a guisar arroz... y luego los perros que te entretienen horas jugando con una caja de cartón, que te encantan con la mirada... y entonces la cosa se torna casi irreversible.
Y hacer maletas entonces se vuelve un calvario. Una agobiante labor que parece consumirte el alma, que te dobla los huesos, que te oprime el pecho.
Y sientes que se te derriten las fuerzas.
Y ves los huecos en la casa y son como ver huecos tuyos. Un closet medio vacío es un pulmón que falta. Una caja con zapatos son ampollas en la espalda, una maleta reventando es el corazón que se te sale por la boca.
Y respiras, fuerte, lo más que puedes... y miras a tu alrededor y sientes que sobra tanto. Tanto espacio, tanto tu...
No hay comentarios:
Publicar un comentario