miércoles, 4 de mayo de 2011

Fobaprola

Don Ramón nunca ha ido a la capital. Nunca le dio ilusión salir de

Reynosa...hasta ahora. Ahora dice que si tuviera modo ya estaría en el

DF apoyando a su "gallo".

"Yo ya anduviera allá, pero no estoy pa esos trotes. Además es dejar

de jalar y eso es igual a dejar de comer, y pos así no costea",

explica mientras espera el verde del semáforo y acomoda derechito el

rosario de cuentas rojas que cuelga del retrovisor de su carro.

Y es que don Ramón está convencido de que en las elecciones hubo

chapuza. No contaron bien. Hicieron perdedizos los votos y hasta se

robaron algunos.

Por eso no le importa si los bloqueos afectan o no. Es más, ni

siquiera imagina un embotellamiento. Vive en Reynosa desde siempre,

por dios! cómo va a saber?

No le importa que la Rosario pague más de 40 pesos diarios de

estacionamiento porque no se puede quedar cerca de su trabajo.

Ni si el pinshi Erik vándalo sale a pedalear su bicicleta por la

Avenida Reforma o que algunos enfermitos del excelsior se pongan a

jugar beis al lado de la estatua del Caballito. A don Ramón, todo eso

le vale madres.

Reconoce que sabe poco de política, pero habla de eso como si fuera

diputado. Manotea y frunce el seño. Adopta una pose de seriedad que ni

parece que va manjendo un viejo taxi de los que sí cruzan pal' otro

lado.

El hombre pasa de los 70 años...él dice que son 74, pero luego duda y

nomás recalca que son muchos. Bien vividos todos, según. Tiene la risa

pronta y aún se ve macizo. Trae una gorra verde de trailero de la que

se le escurren por todos lados unos irreverentes chinos grises.

Las manos callosas y llenas de pecas envuelven el desgastado hule

negro que recubre el enorme volante de su Malibú 76.

Vuelve a ponerse serio y entonces habla del "fobaprola". Ese dineral

dónde quedó a ver? dónde?, reclama y hasta parece que sus inversiones

se quedaron en esa estafa. Pero no, él nunca ha metido dinero al

banco, porque no le dan confianza.

Pero eso del "fobaprola" lo firmó Calderón. Ese señor pidió que

dejaran por la paz ese asunto para shingarnos a todos, asegura y

entonces se da la media vuelta, arquea las cejas y me mira con cara de

"ah, uste no sabía eso". Orgulloso de mi muuuy espontánea expresión de

sorpresa, regresa sus ojos grises al frente, sonríe y respira

profundo.

"Imáginese si queda el Calderón!. Es un ratero... él y su hermano",

indica don Ramón con el coraje de quien ha sido estafado por un

conocido de la casa.

Y su hermano por qué, oiga?, le pregunto con un repentino interés.

Don Ramón titubea. Hace como que se entretiene viendo los letreros

verdes de las calles. Parece perdido. Luego reacciona igualito que un

iluminado.

"Ah, pos porque él le ayudó a robarse ese dinero que le digo, el de

los bancos", sentencia sin voltear a verme y se queda callado como

esperando la reacción.

Yo no puedo más que sorprenderme de cuántas cosas sabe don Ramón. Se

lo hago saber explicándole que es muy bueno que esté tan enterado de

la política. Consigo sacarle una enorme sonrisa y la mejor de las

respuestas: "Es que, pos uno lee mucho".

El hombre me encantó. Llegamos por fin al mol. Don Ramón se baja a

abrirme la puerta y me sorprende su caballerosidad. Pero cuando lo

tengo enfrente, con su pantalón de mezquilla y su camisa a cuadros

azules, me explica que la puerta se shingó hace mucho y ahora se

traba, entonces no hay más que abrirla por fuera. De cualquier forma

agradezco el gesto y le doy sus 5 dólares con la esperanza de que

nunca se lo frieguen en un "fobraprola".

Besos de negra estafadora


Súbale joven!

“¡Súbale, súbale hay lugares!”, grita un chamaco pelos necios, dientes amarillos y pantalones aguados.

“El micro” tiene ramos de flores amarrados con mecate en los retrovisores de adelante y de atrás. Letras fosforescentes indican la ruta a Copilco.

Tapizados en negro ya brilloso por el desgaste, los asientos son como de juguete. No caben las piernas. No caben las nalgas. No cabe duda...son de juguete.

Un hombre con un ojo empañado y cigarro en la mano da “el silbatazo” de salida. El chofer arranca dejando una estela de humo y olor a llanta quemada. Parece el rally de Daytona. Sin Daytona, claro.

Apenas avanza una cuadra cuando se detiene de nuevo. Una señora sube trabajosamente con dos bolsas del súper y un tipo le hace una seña al chofer para que le permita subir a vender su “novedoso producto”.

“Empresas y novedades han decidido sacar a la venta este maravilloso paquete con una pluma de tinta borrable, para que deje usted de usar el corrector...”, asegura el tipo mientras sostiene en alto con la mano derecha la maravillosa pluma con tinta borrable.

“...su precio regular en el mercado es de 7.50, pero por esta única ocasión y porque empresas y novedades quiere que usted lo aproveche, se va a llevar esta maravillosa pluma, una pluma de gel, un lapicero y un cuter con seguro, por la inigualable cantidad de 10 pesos”, insiste el tipo ante la indiferencia de todos.

El tráfico en Avenida Universidad es lento. El aire está frío, pero el sol quema las pestañas. El micro apenas y avanza.

A todo volumen, el radio toca una cumbia. Los bajos retumban en el tablero adornado con un tapete gris, un rosario rojo, un zapato blanco y un letrero en azul que dice: “Si te vi, ni me acuerdo”.

El “garbanzo” está sentado a lado derecho del chofer. Le cuenta la historia de la vieja esa que se quiso coger en una fiesta, pero no se pudo. El chofer ni lo mira, pero se sonríe. El tráfico no avanza.

Sube otro tipo. Pantalón café, playera verde. Dice que es alcohólico y drogadicto, pero que gracias a una institución que no recibe ayuda del gobierno ni de otras empresas, ha podido salir adelante.

Ahora vende paletas de dulce. Cuestan un peso, pero si de su corazón le nace cooperar con alguna otra moneda que no afecte para nada en su economía familiar, Dios se lo agradecerá machin.

La señora de las bolsas coopera con una moneda y se queda con la paleta.

Por fin el semáforo cambia a verde. Un bocho trata de ganarle el paso al micro...recibe una mentada de madre doble. Del “garbanzo” y del chofer.

La mujer de adelante saca su espejo. Rimel. Polvo. Rubor. Delineador. Enchinador de pestañas. El kit completo. Esas mujeres son expertas en maquillarse entre el vaivén de los carros. Impecable la raya de la ceja.

Frena y avanza. Todo mundo para adelante y para atrás. Nadie repela. El chofer habla solo. El “garbanzo” le mira las piernas a la muchacha que espera en la avenida.

Llega a Copilco. “Servidos señores”. Algunos dan las gracias, otros se quitan la legañas de la cara. La mujer del maquillaje se esponja el cabello. La de las bolsas batalla para bajar. El chofer saca un cigarro, para él el viaje ha sido orgásmico.

El oficio de ser árbitro llanero


"El Toro" tiene 52 años bien puestos. Es un hombre grande con

facciones duras. De esos que nadie quisiera encontrarse en un callejón

oscuro.

"Abominable tirano que ejerce su dictadura sin oposición posible". Así

define el escritor Eduardo Galeano al árbitro.

Toribio Mundo Tolentino es silbante y no está de acuerdo con Galeano.

Cuando habla muestra su lado débil. Contrasta su voz aguda con su

gruesa forma. Narra de pie su pasión por el futbol y el orgullo de ser

árbitro llanero.

"Yo me acuerdo que yo también odiaba a los árbitros…y ahora mire,

tengo 25 años pitando en los juegos del llano y no lo cambio por

nada", recuerda y una mirada de niño aparece en su rostro.

Fiel a la tradición, "El Toro" esta vestido de luto. Lleva una

ajustada playera azul marino y un desgastado short negro que parece

pelear para mantenerse entre sus gruesas piernas.

Atrás de él, unos jóvenes de vistosos uniformes se disputan el honor

en un juego. "El Toro" no se distrae y sin prisa cuenta cómo los

azares del destino lo llevaron a decidir aguantar maldiciones,

pedradas, insultos y abucheos. A ser el "malquerido" del futbol.

Primero, dice, no quería. Le llegaron así nomás, de sopetón le

soltaron la petición: "Échate un juego de niños, ¿no?". Asegura que se

negó.

"No, no, ni que estuviera loco…mejor busquen alguien más, les dije",

señala y manotea por todos lados dando unos pasos hacia atrás como si

quisiera alejarse del momento aquel.

Pero no tuvo más remedio. Aceptó. Y le gustó. Y después vinieron más

juegos, de adultos, de la juvenil, de veteranos. "El Toro" le iba

agarrando sabor al asunto.

Al principio, dice, era tímido. Marcaba casi en voz baja. Como con

miedo. Pero el tiempo le dio valor.

"Ahora dicen que soy duro, pero no hay otro modo, tiene uno que hablar

fuerte. Hacerse respetar", dice con aire de autosuficiencia.

Y es que en el llano no hay otra ley, más que la del más fuerte. No

hay muros de contensión. No hay policías que los libren de todo mal.

Ahí salen a partirse el alma en el juego o que se la partan después.

"Imagínese, son 22 criterios diferentes dentro de la cancha, además de

los que están afuera, es imposible quedar bien, además, mi trabajo es

hacer cumplir el reglamento, no más", explica en tanto que a lo lejos

se escucha un desajustado grito de gol.

"El Toro" pierde un poco la concentración. Es la emoción por la

llegada del invitado especial en el futbol. Mueve un poco la cabeza de

un lado a otro para alcanzar a ver la celebración.

Cuelga en el cuello un silbato viejo que agarra de vez en vez, como

para cerciorarse de que siga ahí. Reposando en su pecho. Como un hijo

acurrucado.

Reconoce que durante el cuarto de siglo que ha pitado en los llanos ha

tenido que sufrir algunas agresiones, pero nada que no se resuelva con

el tiempo.

No falta el que grita. El que no está de acuerdo con la marcación. El

que le recuerda a su familia, incluida su madre y sus hijos, pero

mantenerse firme, dice, es la clave.

"Uno debe estar seguro de lo que está marcando, no porque sea un juego

de llano puede uno marcar con descuido, el reglamento es el mismo aquí

y en el Azteca", señala con la seriedad que el corresponde.

Sin disimulo, "El Toro" mira su reloj. Arquea la ceja y por momentos

parece que va a silbar el final del juego.

"Ya es hora, aquí en el llano el tiempo no da tiempo…", dice, aprieta

con fuerza su silbato, emprende el camino hacia el terreno de juego y

se asegura de tener en su lugar las tarjetas que confía utilizar con

justicia.

Más que un balón

Doña Natividad tiene los dedos chuecos y la vista cansada. Está sentada afuera de su casa de adobe sobre una pequeña silla de plástico amarillo que sostiene su encorvado cuerpo.

Lleva media mañana cosiendo balones. Es a lo que se dedica. Igual que su esposo, tres de sus ocho hijos y todos los demás en el pueblo.

Están en Chichihualco, un lugar situado en el mero corazón de Guerrero en donde el aire de la sierra se revuelve con la tierra del valle y las piedras marcan sinuosos caminos alrededor de la montaña.

Ahí, la actividad principal es la fabricación de balones de futbol. Alrededor de 50 mil, en una buena temporada, según asegura Alfredo Alarcón, uno de los pequeños empresarios de la localidad.

Dice que los de mejor calidad, los profesionales, se venden a 70 pesos, los otros, a 30.

Pero eso, ni a doña Nati, ni a su esposo Alejandro, ni a Areli, su hija más grande, ni a los otros siete escuincles que corretean pollos en el patio, les importa mucho.

Sus cuentas se limitan a los 10 pesos que reciben por coser cada uno de los 10 balones que reciben en paquetes amarrados con una liga amarilla.

“Apenas sale para comer, porque no está tan fácil. Yo no me puedo poner todo el día a coser, porque tengo que hacer las cosas de la casa…cuando mucho hago dos al día”, asegura doña Nati sin quitar la mirada del pedazo de vinil azul que apenas comienza a tomar forma.

Sostiene una aguja en cada mano y tiene metidos en los pulgares unos anillos de trapo que ayudan a alivianar el daño que produce el continuo roce del hilo lleno de brea.

De los 14 pedazos que forman el balón, seis ruedas y 8 curvas, doña Nati lleva ocho pegados. Es como armar un rompecabezas. Hay que fijarse bien en dónde se pone cada pieza.

El lugar está impregnado del olor a frijoles que se calientan en la estufa. Afuera hay decenas de pollos color café que se alborotan cada que Jesús, el segundo hijo más chico, corre descalzo y con los pies llenos de lodo.

El pequeño de tres años avanza entre las aves y se sacude dejando una nube de polvo a su alrededor. Él todavía está muy chico para coser balones, pero ya le llegará su tiempo.

En Chichihualco hay 60 maquilas que distribuyen el material a las familias de las comunidades cercanas. La mayoría trabajan para las marcas Cruzeiro y Guerrero.

A don Alejandro la panza al aire le detiene el balón que está por terminar. Uno de los pedazos tiene una máquina de tren y dice Cruz Azul con letras grandes.

Son las nuevas versiones. Los comerciantes aseguran que antes usaban los logotipos de los equipos, pero Jorge Vergara, dueño de Chivas, ha emprendido una campaña para “proteger” su marca.

Así que ahora usan identidades propias. Un puma, una máquina, una chivita, un águila…figuras alusivas a los principales equipos, pero sin meterse en líos legales de registros y esas cosas.

Nadie en esa casa sabe de eso. Ni les interesa. El jefe de familia está casi recostado en la silla, con la camisa desabrochada y los huaraches llenos de tierra. Él y su bigote de Pedro Infante viven ajenos a los asuntos de Vergara.

La hora de la comida llega y doña Nati debe parar. Deja de lado los desinflados retazos azules y recoge la pequeña silla amarilla. Los demás continúan la tarea en medio de los pollos, con los dedos chuecos y la vista cansada.

Yo no lo sé de cierto...

Pero supongo que cuando José le dijo a su padre que se iría pa’l otro lado, don Joaquín sintió clarito como una punzada le pasaba desde el dedo gordo del pie derecho hasta un lugar cerquita del pecho.

“¿A qué vas, mijo?”, le dijo con la mano metida en la bolsa izquierda de su camisa a cuadros azules. Sacó un cigarro y José se apresuró a prendérselo.

“Todos van apá, nos vamos ir en bola, no pasa nada”, contestó.

Don Joaquín se quedó mirando derecho. Atravesó la playera blanca de José con la mirada y le siguió hasta donde se le resbaló la vista de tanta nada.

José se fue en bola. Y no volvió a saber de él.

Siempre sí pasó algo. Pasó que ni llegaron pa’l otro lado ni los regresaron. Se perdieron en el camino.

Ayer, don Joaquín llegó a la ciudad fronteriza junto con tres hombres más del pueblo. Se enteraron de que ahí hay muchos muertos.

Traen en la mochila fotos y papeles de hijos, hermanos, padres, tíos… de toda la bola que salió junto con José.

Los del pueblo hicieron “vaquita” para mandar a los emisarios a buscar entre los muertos, siempre con la esperanza de que no encuentren nada.


Mala racha...

En los últimos meses he visto cómo hombres armados llegan al Oxxo a comprar atún y galletas saladas. He visto convoys del ejército y la armada recorrer la ciudad, he visto casi niños cargando armas más grandes que ellos… he visto, la verdad, cosas que hacen que duela la panza.

Pero hoy camino al trabajo, vi una escena que me estrujó lo que sea que se estruje en el pecho cuando uno ve algo que te saca las lágrimas.

Era un viejo sentado sobre un poste de la luz que estaba tirado a la orilla de la carretera. Barbas largas y grises. La ropa sucia y rota.

Estaba sentado de espaldas a la carretera y de frente a una pared. Se tapaba la cara con sus manos. Se frotaba los ojos y luego se quedaba quieto. Se apretaba la nariz con las palmas y volvía esconder la cara bajo sus dedos mugrosos y llenos de callos.

Se ponía la mano sobre la frente y negaba con la cabeza. Respiraba fuerte y repetía la frotadera de los ojos.

Nosotros estábamos echándole 100 pesos de gasolina a la camioneta que vamos a vender porque el dinero no alcanza para tener dos. Renegando porque son pinches 100 pesos. Llorándole a una máquina.

El hombre tenía a su lado una bolsa de plástico, un palo y un trapo azul. Y junto a él, amarrado a otro poste con un mecate amarillo, estaba un perro flaco y negro con machas blancas. Echado. Sin moverse. Esperando a que pase el mal rato.

Que poca madre la mía pensar que 100 pesos de gasolina y una camioneta menos es una mala racha.