Pero supongo que cuando José le dijo a su padre que se iría pa’l otro lado, don Joaquín sintió clarito como una punzada le pasaba desde el dedo gordo del pie derecho hasta un lugar cerquita del pecho.
“¿A qué vas, mijo?”, le dijo con la mano metida en la bolsa izquierda de su camisa a cuadros azules. Sacó un cigarro y José se apresuró a prendérselo.
“Todos van apá, nos vamos ir en bola, no pasa nada”, contestó.
Don Joaquín se quedó mirando derecho. Atravesó la playera blanca de José con la mirada y le siguió hasta donde se le resbaló la vista de tanta nada.
José se fue en bola. Y no volvió a saber de él.
Siempre sí pasó algo. Pasó que ni llegaron pa’l otro lado ni los regresaron. Se perdieron en el camino.
Ayer, don Joaquín llegó a la ciudad fronteriza junto con tres hombres más del pueblo. Se enteraron de que ahí hay muchos muertos.
Traen en la mochila fotos y papeles de hijos, hermanos, padres, tíos… de toda la bola que salió junto con José.
Los del pueblo hicieron “vaquita” para mandar a los emisarios a buscar entre los muertos, siempre con la esperanza de que no encuentren nada.
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