“¡Súbale, súbale hay lugares!”, grita un chamaco pelos necios, dientes amarillos y pantalones aguados.
“El micro” tiene ramos de flores amarrados con mecate en los retrovisores de adelante y de atrás. Letras fosforescentes indican la ruta a Copilco.
Tapizados en negro ya brilloso por el desgaste, los asientos son como de juguete. No caben las piernas. No caben las nalgas. No cabe duda...son de juguete.
Un hombre con un ojo empañado y cigarro en la mano da “el silbatazo” de salida. El chofer arranca dejando una estela de humo y olor a llanta quemada. Parece el rally de Daytona. Sin Daytona, claro.
Apenas avanza una cuadra cuando se detiene de nuevo. Una señora sube trabajosamente con dos bolsas del súper y un tipo le hace una seña al chofer para que le permita subir a vender su “novedoso producto”.
“Empresas y novedades han decidido sacar a la venta este maravilloso paquete con una pluma de tinta borrable, para que deje usted de usar el corrector...”, asegura el tipo mientras sostiene en alto con la mano derecha la maravillosa pluma con tinta borrable.
“...su precio regular en el mercado es de 7.50, pero por esta única ocasión y porque empresas y novedades quiere que usted lo aproveche, se va a llevar esta maravillosa pluma, una pluma de gel, un lapicero y un cuter con seguro, por la inigualable cantidad de 10 pesos”, insiste el tipo ante la indiferencia de todos.
El tráfico en Avenida Universidad es lento. El aire está frío, pero el sol quema las pestañas. El micro apenas y avanza.
A todo volumen, el radio toca una cumbia. Los bajos retumban en el tablero adornado con un tapete gris, un rosario rojo, un zapato blanco y un letrero en azul que dice: “Si te vi, ni me acuerdo”.
El “garbanzo” está sentado a lado derecho del chofer. Le cuenta la historia de la vieja esa que se quiso coger en una fiesta, pero no se pudo. El chofer ni lo mira, pero se sonríe. El tráfico no avanza.
Sube otro tipo. Pantalón café, playera verde. Dice que es alcohólico y drogadicto, pero que gracias a una institución que no recibe ayuda del gobierno ni de otras empresas, ha podido salir adelante.
Ahora vende paletas de dulce. Cuestan un peso, pero si de su corazón le nace cooperar con alguna otra moneda que no afecte para nada en su economía familiar, Dios se lo agradecerá machin.
La señora de las bolsas coopera con una moneda y se queda con la paleta.
Por fin el semáforo cambia a verde. Un bocho trata de ganarle el paso al micro...recibe una mentada de madre doble. Del “garbanzo” y del chofer.
La mujer de adelante saca su espejo. Rimel. Polvo. Rubor. Delineador. Enchinador de pestañas. El kit completo. Esas mujeres son expertas en maquillarse entre el vaivén de los carros. Impecable la raya de la ceja.
Frena y avanza. Todo mundo para adelante y para atrás. Nadie repela. El chofer habla solo. El “garbanzo” le mira las piernas a la muchacha que espera en la avenida.
Llega a Copilco. “Servidos señores”. Algunos dan las gracias, otros se quitan la legañas de la cara. La mujer del maquillaje se esponja el cabello. La de las bolsas batalla para bajar. El chofer saca un cigarro, para él el viaje ha sido orgásmico.
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