miércoles, 4 de mayo de 2011

El oficio de ser árbitro llanero


"El Toro" tiene 52 años bien puestos. Es un hombre grande con

facciones duras. De esos que nadie quisiera encontrarse en un callejón

oscuro.

"Abominable tirano que ejerce su dictadura sin oposición posible". Así

define el escritor Eduardo Galeano al árbitro.

Toribio Mundo Tolentino es silbante y no está de acuerdo con Galeano.

Cuando habla muestra su lado débil. Contrasta su voz aguda con su

gruesa forma. Narra de pie su pasión por el futbol y el orgullo de ser

árbitro llanero.

"Yo me acuerdo que yo también odiaba a los árbitros…y ahora mire,

tengo 25 años pitando en los juegos del llano y no lo cambio por

nada", recuerda y una mirada de niño aparece en su rostro.

Fiel a la tradición, "El Toro" esta vestido de luto. Lleva una

ajustada playera azul marino y un desgastado short negro que parece

pelear para mantenerse entre sus gruesas piernas.

Atrás de él, unos jóvenes de vistosos uniformes se disputan el honor

en un juego. "El Toro" no se distrae y sin prisa cuenta cómo los

azares del destino lo llevaron a decidir aguantar maldiciones,

pedradas, insultos y abucheos. A ser el "malquerido" del futbol.

Primero, dice, no quería. Le llegaron así nomás, de sopetón le

soltaron la petición: "Échate un juego de niños, ¿no?". Asegura que se

negó.

"No, no, ni que estuviera loco…mejor busquen alguien más, les dije",

señala y manotea por todos lados dando unos pasos hacia atrás como si

quisiera alejarse del momento aquel.

Pero no tuvo más remedio. Aceptó. Y le gustó. Y después vinieron más

juegos, de adultos, de la juvenil, de veteranos. "El Toro" le iba

agarrando sabor al asunto.

Al principio, dice, era tímido. Marcaba casi en voz baja. Como con

miedo. Pero el tiempo le dio valor.

"Ahora dicen que soy duro, pero no hay otro modo, tiene uno que hablar

fuerte. Hacerse respetar", dice con aire de autosuficiencia.

Y es que en el llano no hay otra ley, más que la del más fuerte. No

hay muros de contensión. No hay policías que los libren de todo mal.

Ahí salen a partirse el alma en el juego o que se la partan después.

"Imagínese, son 22 criterios diferentes dentro de la cancha, además de

los que están afuera, es imposible quedar bien, además, mi trabajo es

hacer cumplir el reglamento, no más", explica en tanto que a lo lejos

se escucha un desajustado grito de gol.

"El Toro" pierde un poco la concentración. Es la emoción por la

llegada del invitado especial en el futbol. Mueve un poco la cabeza de

un lado a otro para alcanzar a ver la celebración.

Cuelga en el cuello un silbato viejo que agarra de vez en vez, como

para cerciorarse de que siga ahí. Reposando en su pecho. Como un hijo

acurrucado.

Reconoce que durante el cuarto de siglo que ha pitado en los llanos ha

tenido que sufrir algunas agresiones, pero nada que no se resuelva con

el tiempo.

No falta el que grita. El que no está de acuerdo con la marcación. El

que le recuerda a su familia, incluida su madre y sus hijos, pero

mantenerse firme, dice, es la clave.

"Uno debe estar seguro de lo que está marcando, no porque sea un juego

de llano puede uno marcar con descuido, el reglamento es el mismo aquí

y en el Azteca", señala con la seriedad que el corresponde.

Sin disimulo, "El Toro" mira su reloj. Arquea la ceja y por momentos

parece que va a silbar el final del juego.

"Ya es hora, aquí en el llano el tiempo no da tiempo…", dice, aprieta

con fuerza su silbato, emprende el camino hacia el terreno de juego y

se asegura de tener en su lugar las tarjetas que confía utilizar con

justicia.

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