Doña Natividad tiene los dedos chuecos y la vista cansada. Está sentada afuera de su casa de adobe sobre una pequeña silla de plástico amarillo que sostiene su encorvado cuerpo.
Lleva media mañana cosiendo balones. Es a lo que se dedica. Igual que su esposo, tres de sus ocho hijos y todos los demás en el pueblo.
Están en Chichihualco, un lugar situado en el mero corazón de Guerrero en donde el aire de la sierra se revuelve con la tierra del valle y las piedras marcan sinuosos caminos alrededor de la montaña.
Ahí, la actividad principal es la fabricación de balones de futbol. Alrededor de 50 mil, en una buena temporada, según asegura Alfredo Alarcón, uno de los pequeños empresarios de la localidad.
Dice que los de mejor calidad, los profesionales, se venden a 70 pesos, los otros, a 30.
Pero eso, ni a doña Nati, ni a su esposo Alejandro, ni a Areli, su hija más grande, ni a los otros siete escuincles que corretean pollos en el patio, les importa mucho.
Sus cuentas se limitan a los 10 pesos que reciben por coser cada uno de los 10 balones que reciben en paquetes amarrados con una liga amarilla.
“Apenas sale para comer, porque no está tan fácil. Yo no me puedo poner todo el día a coser, porque tengo que hacer las cosas de la casa…cuando mucho hago dos al día”, asegura doña Nati sin quitar la mirada del pedazo de vinil azul que apenas comienza a tomar forma.
Sostiene una aguja en cada mano y tiene metidos en los pulgares unos anillos de trapo que ayudan a alivianar el daño que produce el continuo roce del hilo lleno de brea.
De los 14 pedazos que forman el balón, seis ruedas y 8 curvas, doña Nati lleva ocho pegados. Es como armar un rompecabezas. Hay que fijarse bien en dónde se pone cada pieza.
El lugar está impregnado del olor a frijoles que se calientan en la estufa. Afuera hay decenas de pollos color café que se alborotan cada que Jesús, el segundo hijo más chico, corre descalzo y con los pies llenos de lodo.
El pequeño de tres años avanza entre las aves y se sacude dejando una nube de polvo a su alrededor. Él todavía está muy chico para coser balones, pero ya le llegará su tiempo.
En Chichihualco hay 60 maquilas que distribuyen el material a las familias de las comunidades cercanas. La mayoría trabajan para las marcas Cruzeiro y Guerrero.
A don Alejandro la panza al aire le detiene el balón que está por terminar. Uno de los pedazos tiene una máquina de tren y dice Cruz Azul con letras grandes.
Son las nuevas versiones. Los comerciantes aseguran que antes usaban los logotipos de los equipos, pero Jorge Vergara, dueño de Chivas, ha emprendido una campaña para “proteger” su marca.
Así que ahora usan identidades propias. Un puma, una máquina, una chivita, un águila…figuras alusivas a los principales equipos, pero sin meterse en líos legales de registros y esas cosas.
Nadie en esa casa sabe de eso. Ni les interesa. El jefe de familia está casi recostado en la silla, con la camisa desabrochada y los huaraches llenos de tierra. Él y su bigote de Pedro Infante viven ajenos a los asuntos de Vergara.
La hora de la comida llega y doña Nati debe parar. Deja de lado los desinflados retazos azules y recoge la pequeña silla amarilla. Los demás continúan la tarea en medio de los pollos, con los dedos chuecos y la vista cansada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario