
Cuando el Vosko y yo vivíamos solos, él tenía su propia habitación dentro de la casa. Era el único ser vivo que me esperaba en las noches después del trabajo. El único que me hacía compañía. Así que se merecía al menos eso.
Claro que tuve visitas que veían esa situación como un atentado a las más mínimas normas de higiene. Cosa que a mi, por supuesto, me tenía sin cuidado. Un bote de cloro protege hasta del Ébola. (ver Wikipedia)
Una de esas amistades (que había resultado quisquillosa) tiene ahora un gato metido en su casa, durmiendo en sus sillones y sentándose en las sillas del comedor. La vida, no?
Justo con ella surgió hace unos días un conflicto de mascotas.
Todo comenzó porque, estando en su casa, le pedí amablemente a “gume” (su animal en cuesitón) que se bajara de mis piernas y encaminara su peluda existencia hacia otro lado. Mi amiga me dijo que podía mandarla al patio.
Yo, en un acto de civilidad, invité a “gume” a salir, con estas palabras: “anda, salte, está bien bonito el día”…
No es que piense que al gato le importara cómo está el día, ni siquiera que el gato entienda lo que le digo, fue simple y llana cortesía para su ama, un formalismo mascotero, digamos.
Fue entonces cuando mi amiga me dijo con aquel tono de extrema condescendencia: “ay, mijita, no le digas mentiras a la ‘gume’. Es un gato, no un perro, no la trates como tonta”.
Y ahí valió madre todo.
Los gatos son autosuficientes, dijo. Los gatos no se domestican. A los gatos no los puedes mandar. Los gatos no hacen caso. Los gatos vienen cuando quieren. Los gatos son los dueños de la casa. los gatos hacen lo que la gana les da. Los gatos… YA!
Entendamos algo. Para mi, tener una mascota es un acto egoísta. YO la quiero.
Y quiero que me necesite. Que se domestique. Que la pueda mandar. Que me haga caso. Que venga cuando le digo. Que entienda que esta es MI casa. Que haga lo que la gana me dé.Que para eso es mi mascota.
Si no, me quedo con mi marido, que es todo lo demás, pero al menos me da calor en las noches. No?
Así que prefiero al Vosko. Prefiero a mi perro obediente y bien entendido. Que sepa que puede entrar a la casa, pero que no se va a subir a los sillones ni se sentará en las sillas del comedor. Al que si le digo que se salga se sale, porque sabe que no lo sacaría al patio si el día no estuviera bien bonito.
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